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martes, 3 de mayo de 2011

"La despedida"

Todavía no podía creerme todo lo que me estaba pasando. En una semana había pasado a tener una vida más o menos tranquila y ahora ¡todo estaba patas arriba! Thomas, con el que había estado saliendo durante seis años,  me había dejado en el peor momento, y sin dar ninguna explicación. Mi abuela, mi única pariente viva había muerto, había perdido mi trabajo y para rematar me iban a echar de mi apartamento por no pagar el alquiler.
Desde bien pequeña, mi abuela me había dicho que todos los que mueren van a un lugar mejor; ahora solo quiero poder creerla y pensar que está bien.
Ese día había sido un día largo y espantoso. Me había tenido que hacer cargo de todos los papeleos del funeral, al que solo habíamos asistido dos personas, Rachel, mi mejor amiga y yo. Había sido triste lo sé… pero ¿para qué quiero tener a cien personas que no conozco de nada, pudiendo tener a una que me conoce e intenta consolarme diciendo que todo saldrá bien?
Llegué al que sería mi apartamento por poco tiempo más. Me quité los tacones negros y los dejé en la entrada. Cuando levanté la mirada, no pude evitar que las lágrimas resbalasen por mis mejillas. Todas mis cosas estaban recogidas, listas para abandonar el que había sido mi hogar durante más de seis años. Acababa de enterrar a mi abuela y me sentía muy sola y hundida. Me dejé caer de rodillas y lloré amargamente, pudiendo desahogarme sola, mientras mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo. ¿A dónde iba a ir? Rachel tenía su familia, su marido sus tres hijos y su vida. Yo no quería entrometerme ni ser un estorbo, no tenía trabajo, no tenía nada.
Después de estar en el suelo durante largo y tendido tiempo, intentando pensar con claridad, me levanté y fui a la cocina. Abrí la nevera y la volví a cerrar. No había comido nada durante todo el día, pero tampoco tenía ganas de hacerlo. Fue de nuevo al salón, me dejé caer en el sofá y agarré una manta echa a mano que me había regalado mi abuela cuando era niña. La olí y volví a sollozar, no recuerdo nada más. La próxima vez que abrí los ojos, la habitación estaba llena de luz y el sol empezaba a darme por los pies.
Me dolía todo el cuerpo ya que había dormido de mala postura durante toda la noche.
El timbre sonó.
Di un respingo y el corazón empezó a latirme fuertemente. Sabía perfectamente quien era. Era Sarah Larsson, mi casera. La que me echaría del que había sido mi hogar. Con esfuerzo logré ponerme de pie y andar hasta la puerta. Abrí la puerta y ahí estaba mi casera. Una mujer bajita, regordeta con mejillas sonrosadas y mirada triste. Sabía que me apreciaba y que le dolía mucho hacer lo que tenía que hacer.
   -Hola Cath.
   -Sarah. –dije agarrándome a la puerta.
Estaba mareada.
   -¿Te encuentras bien muchacha? –dijo cogiéndome del brazo y metiéndome de nuevo al apartamento.
Cerró la puerta tras de sí y me acomodó en el sofá.
   -Siento mucho lo que ha pasado cielo, de verdad que si… -empezó.
   -Sarah, no tienes por qué…
Ella no me escuchó. Me miró preocupada.
   -¡Pero mira qué aspecto tienes! ¡Seguro que no has comido nada en días! –dijo levantándose mientras iba a la cocina.
Yo me dejé caer sobre mi espalda en el sofá y cerré los ojos. Todo me daba vueltas…
Cuando los volví a abrir allí estaba ella con un tazón de chocolate. Le echó tres terrones de azúcar y se sentó conmigo.
   -Sé que debería traerte algo más, pero también sé porque te conozco que no querrás probar bocado.
Yo sonreí. A pesar del poco trato que teníamos, siempre nos habíamos tratado bien.
   -Quiero que sepas que siento mucho tener que hacer esto. –dijo tristemente.
   -Lo sé. Sarah me iré en unas horas no te preocupes. –dije bebiendo un sorbo de chocolate caliente mientras intentaba mostrarme fría y entera.
   -¡Puedes tomarte todo el tiempo que quieras! Les he dicho a los nuevos inquilinos que vengan mañana.
“¿Nuevos inquilinos?” “¿Alguien iba a ocupar mi casa ya?” “¿Tan pronto?”
   -No… -dije con voz temblorosa. –me iré dentro de unas horas. Tus nuevos inquilinos pueden instalarse hoy mismo. –dije dejando la taza y levantándome.
Me sorbí las lágrimas y empecé a amontonar lo que me faltaba por empacar.
Sarah se levantó y tocó la mesa de madera con la punta de los dedos.
   -¿A dónde piensas ir?
   -Puede que vaya al sur. Siempre me ha gustado el sol…  -dije mientras metía lo poco que me quedaba en una mochila.
Cuando me giré, Sarah estaba llorando.
   -La que debería llorar sería yo, ¿no crees? –dije abrazándola.
   -Es que es… injusto… ojala pudiera hacer algo pero… yo… no…
   -Schhh… vamos, vamos… -dije abrazándola. –todo irá bien. –dije echándome a llorar.
¿¿Cómo podía decirle que todo iba a ir bien?? ¡¡No tenía nada absolutamente nada!!
   -Bueno… ya está todo. Si me dejo algo por favor que los nuevos inquilinos te lo den a ti ¿vale? –dije intentando mostrar una sonrisa.
Pero fue más deprimente aún, porque no lo conseguí.
   -Ten, toma. Guárdalo. Sé que sabrás usarlo bien y bueno… sé que no es mucho pero… es mejor que nada. –dijo sacando un fajo de billetes.
Los miré asombrada. ¡Era el alquiler que le había ido dando durante los últimos meses! ¡¡Allí había unos dos mil dólares!!
   -¡Oh Sarah! Pero…
Ella me negó con la cabeza.
   -Tú los necesitas más que yo. Espero que todo te vaya bien en la vida. –dijo abrazándome de nuevo. Yo guardé el dinero y la abracé también.
Todo lo que pasó después lo recuerdo vagamente. De repente me despedí de Sarah, abandoné el que había sido mi hogar durante mucho tiempo. Llenaba mi coche de todas mis cosas, me ajustaba el cinturón de seguridad y me marchaba a un destino que aún no sabía con certeza.
Por primera vez en mi vida, me sentía sola y desprotegida. Siempre había tenido a Thomas, nos conocimos en el instituto y nos fuimos a vivir juntos cuando yo tenía diecisiete años.  Habían pasado seis años desde ese día y ahora a mis veintitrés años estaba sola. El pilar de mi vida se había ido, me había abandonado. Y ahora lo único que tenía era a mí misma. Era una aventura apasionante, ahora no tenía absolutamente nada, y tenía que empezar de cero. Tenía miedo, estaba asustada, ni siquiera sabía donde iba a pasar la noche… sin embargo… algo dentro de mí se sentía libre.
Me llamo Catherine Burns. Tengo veintitrés años y en estos momentos me dirijo a un lugar sin destino. Conduzco sin pensar en donde ir, tan solo conduzco nada más. Dejo que mi mente vague, fluya, vuele, sienta…
De repente mi estómago reclamó atención.  Miré mi depósito de gasolina y vi la excusa perfecta. Repostaría y compraría algo para mi largo viaje. Sí… eso haría, compraría provisiones en la próxima gasolinera que viera.
No tardé en divisar una y no pude evitar ponerme tensa. Odiaba a muerte a las gasolineras… desde que había presenciado un atraco cuando apenas tenía cinco años. Llegué, aparqué y entré corriendo. Había un chico comprando cervezas y una chica en el servidor. Cogí bastantes botellas de agua y coca cola, sándwiches, y algunas cajitas de galletas de chocolate. Luego llené el depósito y salí de allí rumbo al sur.
Después de conducir durante dos horas paré en un área de servicio para comer un poco y estirar las piernas. Bebí muchísima agua y comí un sándwich vegetal. Luego salí del coche e hice estiramientos ya que sentía todos mis músculos agarrotados. Cuando volví a entrar en el coche fue cuando la vi.
Era una foto de mi abuela sonriendo. Y detrás de ella había una casa de madera rodeada de vegetación. Entonces me vino a la cabeza esos hermosos veranos que pasaba con ella cerca de Greenville.  Lo bueno era que Greenville era el próximo pueblo y no tardaría mucho en llegar. Con un poco de suerte, la casa estaría en condiciones o podría arreglarla, pero antes tenía que encontrar trabajo para poder hacer todo. De repente me sentí un poco más animada. La casa de mi abuela me haría tener un hogar mi hogar, algo que me correspondía, algo que era mío y que nadie me podría quitar.